Bienestar ECONÓMICO y parentalidad.
Un dilema ético social que exige definiciones

Sin adentrarse en tecnicismos del concepto de bienestar económico, es de fácil
comprensión siguiendo su nombre, entender que hace referencia a la
disponibilidad de recursos con los que cuentan las personas u hogares para
satisfacer sus necesidades, por lo que siempre ha sido tema de preocupación
familiar y nacional. Fue con la revolución industrial, que la capacidad de
subsistencia va dependiendo de la mano invisible del mercado, de esta forma, el
bienestar se liga estrechamente a la producción material, y su mejor reparto pasa
necesariamente a través de la regla de la oferta y la demanda.
Prevaleciendo hasta nuestros días una concepción del bienestar humano de
sesgo economicista, paulatinamente la mirada se amplía, incorporando
necesidades de carácter subjetivo, donde el ocio, la libertad, la felicidad y muchas
otras ideas ganan espacios, impulsadas, además, por el libre mercado que opera
con sus herramientas de marketing. El capitalismo distorsiona nuestra concepción
de necesidades, haciéndonos creer que necesitamos de un consumo
desproporcionado para alcanzar la felicidad; instalándose el consumismo como
forma de vida, estilo que deberemos vencer si pensamos en un desarrollo humano
sostenible.
A la vista queda que empleo y salarios son parte del entramado en cuestión,
donde la formación del recurso humano, es decir, la educación de las personas
juega un papel, determinando su grado de contribución en la cadena de
producción de bienes o servicios. Idea que apoya, que el nivel de formación de las
personas opera como seguro, si bien no hay garantías de empleabilidad, ofrece
grados de auxilio o competitividad frente a otras personas sin formación.
En cuanto a la parentalidad, es útil revisar algunos conceptos entorno al cual esta
se vive, que no es otro que la familia, donde resulta útil referirse a la convención
de los derechos del niño (1989) que establece en su preámbulo que la familia es el
núcleo fundamental en el que los niños crecen y se desarrollan, siendo desde ahí
donde empiezan a interactuar con su entorno, y que los integrantes de la familia
deben velar por el interés superior de los menores. Hoy, debemos reconocer, que
los roles y estructuras de la familia tradicional han evolucionado, como mínimo se
puede decir que se pasa de un modelo jerárquico a otro con participación más
igualitaria, sin embargo, las responsabilidades frente a los más jóvenes de la
familia se mantienen.
Cuando se habla de parentalidad se hace referencia a dos factores básicamente,
las labores de cuidado y educación de los hijos, y la socialización de estos, a
modo de síntesis puede decirse que la parentalidad hace referencia a las capacidades y habilidades que ponen en práctica los padres y madres para
asegurar a sus hijos, sustento, afecto, educación, socialización y protección. Todo
esto además de poner como meta, el desarrollo de individuos autosuficientes,
conocedores de las implicaciones de lo que supone vivir y, además, hacerlo en
sociedad.
Asi, la responsabilidad de los padres respecto a sus hijos es ineludible en su
educación y cuidados, siendo la escuela colaboradora, representando al Estado
en la garantía de los derechos constitucionales para todas las niñas, niños y
adolescentes del país. En efecto, el bienestar económico y la parentalidad
encuentran articulación funcional en la familia, donde un grupo humano se ocupa
de los cuidados por sobremanera de los menores, es aquí donde los recursos
materiales y los intangibles configuran el bienestar del grupo familiar.
El asistir a la escuela forma parte de una obligatoriedad que la familia debe apoyar
en beneficio de los menores, dando realismo al eje central de la escuela, el
ejercicio de la socialización el que permea toda su tarea educativa; representando
el espacio seguro donde los más jóvenes se entrenan para la vida en comunidad.
En esa convivencia concertada por la escuela, se inicia el desarrollo de
potencialidades que en el futuro contribuirán al bienestar del sujeto, aportando no
solo saberes sino actitudes. La escuela representa asi, un espacio vital para el
desarrollo humano de todos y para muchos aún, el único al que tendrán acceso,
característica que hace de la escuela pública un recurso invaluable.
Ahora bien, la sociedad del siglo XXI trajo una transformación que desplaza toda
antigua manera de funcionar en sociedad, donde las tecnologías han marcado el
punto entre el ayer, el presente y el futuro, poniendo a prueba la capacidad de la
escuela y las familias para liderar los procesos educativos. En términos de formas
de vida se destaca el consumismo; primando la mercantilización, el hedonismo y
lo mediático, donde se cautivan audiencias con ilusiones de felicidad, agilizadas
por la idea del placer casi obligatorio y desbordante.
En las familias donde se instala el consumismo como forma de vida, el bienestar
económico resulta una lucha constante, con metas imposibles de alcanzar al paso
que avanza la penetración de la publicidad en la comunidad. En la misma línea, en
los últimos años el costo de vida parece siempre estar al alza, el equilibrio del
mercado se muestra frágil frente a dinámicas externas e internas, generando
constantes fluctuaciones, por lo que los salarios son insuficientes siempre, sean
grandes o pequeños. Dentro de esta temática, el empoderamiento femenino ligado
al ingreso de la mujer al mundo laboral tiene su rol.
Si bien la mujer siempre ha trabajado siendo polifuncional y lo que haga falta para
cubrir necesidades de su familia, su trabajo dentro del hogar se ha caracterizado
por carecer de visibilidad y reconocimiento incluso dentro de su propio núcleo
familiar. Reconocido esto, al referirse al ingreso de la mujer al mundo laboral, se
hace referencia al trabajo formal que realiza fuera de su casa. En este punto es
necesario admitir que el ingreso a este tipo de trabajo no fue en el pasado ni lo es
hoy en Chile, exclusivamente, para su desarrollo personal, sino para
complementar el ingreso del esposo o si es jefa de hogar mantener a la familia, lo
que obligadamente conlleva dejar a los menores al cuidado de otros.
Aunque las condiciones del mercado laboral no sean hoy de las más favorables,
conviviendo con precariedad, bajos salarios, inestabilidad del empleo,
incertidumbre; la familia chilena se rindió al mundo que ofrece la publicidad; ahora,
con una sociedad consumista y hedonista, los conceptos de libertad y felicidad se
muestran como valores a conseguir como sea, donde constantemente se está en
la búsqueda de sentido desde lo desechable.
Cada tiempo con sus avances y sus peligros, por lo que tampoco es para anunciar
el fin del mundo; sino, estar atentos, ya que existe una relación fisiológica en todo
esto que la mercadotecnia estudia muy bien, centrándose en analizar el
comportamiento de los mercados y de los consumidores, identificando
necesidades existentes y anticipándose a las futuras, nutriéndose de ciencias
como la sociología, la economía, la psicología, la antropología, entre otras. La
evolución de la disciplina desde centrarse en pequeños grupos humanos hoy
trabaja centrada en el producto y grandes audiencias, donde las bases de datos y
la publicidad digital abren nuevas perspectivas.
Sus campañas no tienen otro objetivo más que convencer a los consumidores de
que realicen compras, influyendo en sus hábitos de consumo, a través de
mensajes diseñados para ellos en distintos canales de comunicación, desde
grandes anuncios hasta los digitales. De esta forma el sobreconsumo o
consumismo se instala como forma de vida, detonando problemas ambientales
como desforestación, emisión de gases efecto invernadero, cambio climático o
pérdida de biósfera, incidiendo al mismo tiempo de manera dañina sobre el
bienestar económico y subjetivo de la familia.
Frente a esta arremetida del mercado estratégicamente implementada; solo nos
queda detenerse y pensar, replantearse que es lo que realmente queremos y
necesitamos para ser felices; y no para comprar la fantasía de la felicidad que nos
venden con masiva publicidad, distinguiendo consumo de consumismo. Valorar el
esfuerzo que hacen los integrantes de la familia para satisfacer necesidades del
grupo es tema para considerar, de hecho, la educación de los hijos requiere de
recursos económicos para llevarla a cabo, mantener una familia exige desembolso
de dinero de manera constante, esto es un flujo que en ocasiones puede parecer
que no tiene fin, allí es donde debemos los mayores estar atentos y no dejarnos
arrastrar por el consumo desmedido.
El trabajo de los padres es estar vigilantes a los peligros, frentes hay muchos que
cuidar, el consumismo es hoy uno más, formando parte apremiante al hablar de
responsabilidad de los padres respecto a los menores. En consecuencia, la
dinámica familiar en busca del bienestar material debe tener tambien sus límites si
se propone la crianza de la descendencia. Si se anteponen las necesidades
económicas-materiales sobre la atención física, afectiva y psicológica de los más
jóvenes del hogar, se deriva en una escasa educación presencial en el seno
familiar. De ser asi, los hijos quedaran en el desamparo, donde la escuela termina
siendo la única depositaria de su cuidado, no terminando por cumplir cabalmente
con su formación integral, siendo generalmente la tecnología la mayor influencia
en su formación.
Frente a la gran influencia de los medios de información en los jóvenes, la
desatención paternal y la falta de responsabilidad institucional, los menores cada
vez reproducen conductas antisociales y delictivas, derivadas de un exceso de
individualismo. Ya no son hechos aislados los actos delincuenciales que ocurren
en los establecimientos educacionales, constantemente surgen propuestas para
contener, prevenir y actuar frente a hechos de esta naturaleza.
Por otro lado, hablamos recurrentemente de educación y la implicación activa de
los diversos actores de la sociedad; sin embargo, la necesidad de priorizar
responsabilidades, no puede perder de vista que los hijos son hijos de una pareja
y son ellos los que tienen no solo la potestad natural y jurídica sobre sus
descendencia, sino que por sobre todo tienen la responsabilidad ética de
brindarles una educación y cuidados amorosos, para hacer de ellos mujeres y
hombres capaces de desarrollarse y aportar a la sociedad en la que viven.
La etapa escolar es un primer hito en que los tutores o padres establecen
compromisos con la educación formal de sus hijos. Cuando los padres se hacen
cargo de su rol en la educación, no solo mejora el rendimiento de los alumnos,
sino que mejoran las dinámicas dentro del aula, la relación profesor-alumno, la
comunicación entre pares, la autonomía y autoestima del educando. Si bien,
procurar un buen pasar económico siempre ha sido fundamental en las familias
para sostener la crianza de los hijos; en las últimas décadas se observa una
centralidad de los padres en aportar al bienestar económico, desatendiendo su
responsabilidad en el cuidado de los menores a su cargo.
Consideremos tambien, que resulta ser una constante que las sociedades que
avanzan en la satisfacción de sus necesidades básicas consolidando los derechos
fundamentales, el consumismo tome relevancia, lo que obliga al proceso educativo
a incorporar esta variable como dimensión en la formación, ya que su incidencia
puede terminar con fatídicas consecuencias para la sociedad en general.
Desde el escenario actual, el ser humano contemporáneo está constantemente
definiéndose a sí mismo, tratando de dar sentido a su vida contando con los nuevos
espacios, entre ellos, los espacios de consumo, el que hoy también es emotivo.
Este se presenta cada vez más como la posibilidad de ser un agente libre, como
una ganancia en autonomía, viviendo la libre expresión. Desde esta perspectiva, el
consumo seduce, entendiéndose dentro de la lógica de la personalización, de la
emancipación individual para todas las categorías de edad y sexo.
En efecto, hoy los niños son clientes, compradores seducidos por el consumo,
actúan desde muy pronto como pequeños consumidores. En la actualidad, los niños
y adolescentes tienen más confianza en sí mismos, son más pragmáticos y
consentidos, creciendo en una sociedad que los obliga a establecer un contacto
temprano con el dinero.
Frente a esta realidad, debe ser tema de conversación relevante en la familia de
hoy, definir la presencia de los padres en la educación de sus hijos, la presencia
activa de ambos o a lo menos de uno de ellos resulta fundamental para el sano
desarrollo de los educandos. La presencia de la madre y el padre en la crianza y
educación de los hijos e hijas les proporciona herramientas emocionales para la
vida indispensables, como el respetarse, aceptarse y quererse a sí mismos,
respetar y querer a los demás, seguridad para expresar lo que le gusta y lo que no
les gusta, aprenden a resolver problemas, promueve en ellos la independencia y la
autonomía.
Es necesario las familias aborden la crianza de su prole como un dilema ético
social, como una situación difícil que ofrece distintas actuaciones, donde entran en
juego diversas aristas; el ingreso económico familiar, desarrollo profesional y
personal de los integrantes; por lo que no es asunto de criticar la incorporación de
la mujer al trabajo, la corresponsabilidad en la crianza es tema en desarrollo país,
como parte del avance social justo y necesario, de allí que el escenario complejiza
decidir quién y cómo se abordará la educación de los menores. Además producto
de las transformaciones sociales definirse hoy como dueña de casa resulta ser
machista y retrógrado, que sea el hombre el dueño de casa, tampoco es bien
visto, aun no estamos preparados para ello ni social ni institucionalmente. Cubrir
los gastos de la familia con el trabajo de solo uno de los miembros, en muchos
casos parece a lo menos difícil.
En cualquier caso, no se puede desconocer el costo de criar niños en el abandono
de los padres, pues el argumento de, debo trabajar para pagar tus gastos, no
suple en forma alguna las necesidades de una niña, niño o adolescente, quienes
por su corta edad requieren de atenciones y cuidados que solo los padres pueden
brindarle de forma amorosa y desinteresada. Adentrarnos aquí, en el debate de si
es el machismo, el feminismo, el empoderamiento femenino o la crisis global, la
causa o efecto de la agudización del problema hoy día en Chile, no nos resuelve lo
importante; el cuidado y atención de los menores.
En conclusión, en una sociedad ciega por el consumo y el hedonismo, el cuidado
de los menores queda sin personal disponible más que el que se pueda pagar o la
voluntad de los mayores de la familia para hacerse cargo de la crianza de la
descendencia. Nadie debería discutir que la responsabilidad de la educación de los hijos corresponde a sus padres, aunque algunas opciones ideológicas
defienden que los poderes públicos tienen la última palabra en el diseño de la
educación que todos los ciudadanos deben recibir.
Al margen de ideologías extremas, el trabajo sinérgico de la escuela respecto a la
educación no destierra a los padres o tutores, por el contrario, necesita de ellos,
pedagógicamente el proceso educativo requiere de familias robustas que puedan
apoyar y aportar a la formación de los menores.
La penetración del consumismo ha hecho que nuestra identidad, nuestros
sentimientos, nuestros sueños y deseos estén atravesados por bienes materiales,
creyéndonos que nuestra libertad depende del acceso ilimitado a dichos bienes,
pero finalmente las posesiones no determinan la calidad de vida de las personas,
sino que definen su nivel de vida, siendo la capacidad de las personas para
transformar estos bienes y servicios en realizaciones lo que determinará una vida
buena.
Las necesidades que van más allá de las puramente fisiológicas son
construcciones humanas, por lo que debería ser posible deconstruirlas y
reconstruirlas sobre un nuevo cimiento ético en donde primen los
comportamientos no adquisitivos y donde se ejercite el ser y el hacer por delante
del tener; dejando un reto aun no consolidado en el terreno educativo más allá de
la retórica, lo que indudablemente invade y se estrella con terrenos distintos,
configurando un escenario sistémico de proyecto país o global donde prime un
desarrollo humano sostenible.
La base del bienestar económico y social está en ayudar a las niñas, niños y
adolescentes a crecer en madurez, capacitación integral y auténtica; y, sobre todo,
con el trato amoroso que debe brotar desde el seno íntimo de la familia. Este
requerimiento no es ni caprichoso ni carece de argumentación técnica ni científica,
la biología del amor existe y opera desde los primeros años de vida, definiendo y
condicionando la persona que seremos.
Las definiciones entre bienestar económico y parentalidad exigen sintonía, una
articulación consciente, tanto de los esfuerzos que reporta sostener un grupo
familiar como de los fines que la movilizan. Al entender y asumir
responsablemente que lo trascendente es el desarrollo integral de los menores, la
definición al dilema ético social entre bienestar económico y parentalidad estará
sustantivamente resuelto, siendo finalmente la decisión de los padres la que
definirá que merece la pena preservar para el futuro y bienestar de sus hijos.
El futuro es siempre desconocido; sin embargo, los anhelos del ser humano se
conocen, asi como su historia; si bien hay casos fortuitos, la preparación o
educación de la persona marca distancias entre fracaso y éxito, entre pena y
alegría; pues no solo es cuestión de sobrevivir y hacerlo dignamente o sobrada
holgura, sino de adaptarse a las circunstancias, más si son adversas y aun asi
seguir con la moral alta y hacer de la vida una experiencia feliz.